Aguascalientes ya superó el medio millón de vehículos en circulación y la ciudad comienza a resentir de forma cotidiana las consecuencias de un crecimiento urbano desordenado que el PAN permitió durante años. El tráfico no apareció de la noche a la mañana; es el resultado de decisiones acumuladas, de fraccionamientos autorizados sin infraestructura suficiente y de una visión de ciudad que priorizó el negocio inmobiliario sobre la movilidad y la calidad de vida de la población.
Las propias autoridades de Tránsito reconocen que la red vial base prácticamente no ha cambiado, pese a que el parque vehicular se disparó. Las obras que hoy se anuncian —ampliaciones, rehabilitaciones y proyectos sin fecha— son medidas paliativas frente a un problema estructural que se dejó crecer. Bajo gobiernos panistas, la planeación fue reactiva: primero se autorizaban colonias, luego se intentaba “arreglar” el caos vial, cuando ya era demasiado tarde.
Uno de los puntos más graves es la falta de planeación en los desarrollos habitacionales. Se permitió que cinco o seis fraccionamientos nuevos se conectaran a una sola vialidad existente, saturándola de manera permanente. Esta práctica no es un error técnico, es una decisión política. El PAN avaló durante años un modelo urbano donde las vialidades no eran condición previa, sino un pendiente posterior que hoy pagan miles de automovilistas con tiempos de traslado interminables.
Aunque se habla de estudios de impacto vial, la realidad es que estos no se traducen en soluciones suficientes. Tránsito emite opiniones técnicas, pero las decisiones finales no siempre las consideran. El resultado es visible en puntos críticos como el Mercado de Abastos o la avenida José María Escrivá de Balaguer, donde los choques, las filas y las maniobras riesgosas son parte del día a día. La ciudad opera al límite y cualquier incidente menor provoca un colapso.
El PAN vendió durante años la imagen de una ciudad “ordenada y funcional”, pero el tráfico desmiente ese discurso. Aguascalientes enfrenta hoy las consecuencias de un crecimiento sin visión, donde se permitió construir primero y pensar después. Mientras no se asuma esa responsabilidad política y no se replantee de fondo el modelo urbano, el congestionamiento seguirá creciendo y la ciudad continuará pagando el costo de una planeación que nunca llegó a tiempo.
