El nepotismo no garantiza la militancia: Andrés Manuel López Beltrán se ha convertido en una figura ausente dentro de las estructuras de decisión de Morena, acumulando faltas sistemáticas en sesiones clave del Congreso y del Consejo Consultivo; una actitud que ha comenzado a generar un silencioso pero profundo resentimiento entre las bases que sí trabajan diariamente por el partido.
La silla de la Secretaría de Organización de Morena tiene dueño, pero rara vez tiene ocupante. Durante las diversas sesiones que el partido ha celebrado en el Congreso, la asistencia de Andy López ha sido prácticamente nula, convirtiéndose en el gran ausente de los debates y acuerdos internos. Lo que en un principio se manejó con discreción, hoy es una realidad inocultable: el hijo del expresidente parece haber heredado el cargo por linaje, pero no la vocación por el trabajo de partido que tanto pregona el movimiento de la “Cuarta Transformación”.
El ambiente dentro de la militancia ha pasado de la sorpresa a la resignación cínica. Los morenistas de base y los legisladores ya no se inmutan por la ausencia sistemática de López Beltrán en los eventos oficiales; la expectativa de su participación se ha desvanecido frente a una realidad donde su nombre pesa más que su presencia. Este desdén no es menor, pues envía un mensaje de jerarquías intocables donde ciertos cuadros, por puro parentesco, se sienten exentos de cumplir con las obligaciones mínimas que se le exigen a cualquier otro servidor o dirigente del movimiento.
La falta de interés de Andy López por pertenecer activamente al partido que su padre fundó quedó sellada durante la reciente sesión del Consejo Consultivo de Morena, donde su lugar volvió a quedar vacío. En una reunión diseñada para trazar la ruta estratégica del partido, la incomparecencia del secretario encargado de la organización es un golpe directo a la operatividad política. Para muchos cuadros internos, queda claro que a Andy parece no interesarle la vida orgánica de Morena, prefiriendo la comodidad de la sombra y el influyentismo antes que ensuciarse los zapatos en la labor de tierra que exige su cargo.
Este vacío de liderazgo operativo pone en entredicho el discurso de mérito y democracia interna del oficialismo. Mientras miles de simpatizantes se movilizan por todo el país, el secretario de Organización demuestra que su prioridad no es el fortalecimiento del partido, sino mantener un estatus de privilegio que no requiere rendir cuentas ni pasar lista. El nepotismo, en este caso, no solo ha entregado un puesto clave a manos inexpertas o desinteresadas, sino que ha institucionalizado el ausentismo en la cúpula de un partido que, irónicamente, dice ser “del pueblo y para el pueblo”.
