
La soberbia de la familia del expresidente ha encontrado un nuevo enemigo en la tecnología que no puede someter mediante decretos o conferencias matutinas. José Ramón López Beltrán, el primogénito de Andrés Manuel López Obrador, protagoniza un ridículo de alcance internacional al exigir una disculpa pública a Elon Musk. Su molestia surge de las respuestas de Grok, la Inteligencia Artificial de la plataforma X, que al ser consultada sobre el historial de lujos y sospechas de corrupción que rodearon su estancia en el poder, arroja datos que el antiguo aparato de propaganda oficial no pudo borrar.
Bajo el desgastado escudo de la “lucha contra el discurso de odio”, López Beltrán intenta disfrazar un claro intento de censura post-sexenal. Alega ataques a su apariencia física para desviar la atención del verdadero conflicto: que la Inteligencia Artificial se alimenta de registros públicos, hemerotecas y hechos documentados. La realidad de José Ramón sigue siendo la de un privilegio que nunca pudo explicar lícitamente, y el hecho de que su padre ya no ocupe la presidencia lo deja sin el blindaje institucional del que gozó durante años.
La denuncia es contundente: este no es un pleito por la estética personal, es una pataleta de la élite saliente contra la verdad automatizada. La familia del expresidente, acostumbrada a controlar la narrativa mediante ejércitos de bots y el linchamiento público de periodistas, se siente vulnerable ante un algoritmo que no recibe órdenes de una oficina gubernamental. Al atacar a Elon Musk, José Ramón busca que las plataformas digitales borren el rastro de la “Casa Gris” y otros conflictos de interés que marcaron la gestión de López Obrador.
Finalmente, el hijo del exmandatario debe entender que la Inteligencia Artificial no es un adversario político al que se pueda calumniar; es un espejo de la información disponible. Exigir disculpas a un sistema de datos por reportar sus excesos es el último recurso de una casta que se siente dueña de la historia. Mientras él se queja de “ataques”, el país sigue recordando que la transparencia no tiene fecha de caducidad. El choque con Musk solo confirma que la familia de López Obrador le teme más a la tecnología libre que a su propio legado.