Se exhibe el uso de propaganda oficial para inflar la imagen de Layda Sansores, mientras Campeche enfrenta una realidad marcada por inseguridad, servicios colapsados y abandono institucional.
La narrativa del gobierno estatal vive en una burbuja. Mientras la administración presume encuestas de “confianza” y “credibilidad”, la vida cotidiana de los campechanos cuenta otra historia: miedo en las calles, transporte improvisado, servicios públicos rebasados y una economía que no despega. El contraste entre el discurso oficial y la realidad es tan grande que parece un ejercicio deliberado de simulación.
La insistencia en difundir cifras favorables no responde a resultados tangibles, sino a una estrategia de propaganda que busca maquillar el desgaste. En lugar de explicar por qué la inseguridad crece, por qué las ejecuciones se acumulan o por qué los proyectos públicos generan rechazo, el gobierno opta por encuestas a modo para sostener una imagen que no se refleja en el día a día.
Esta desconexión tiene consecuencias. Cuando el poder se autocelebra y desoye el reclamo social, se profundiza la desconfianza. La ciudadanía percibe que las prioridades están puestas en el aplauso mediático y no en resolver los problemas urgentes: seguridad efectiva, servicios dignos y planeación seria. Las encuestas no patrullan calles, no previenen delitos ni devuelven la tranquilidad.
Campeche no necesita boletines triunfalistas ni rankings complacientes. Necesita respuestas, resultados y rendición de cuentas. Presumir “credibilidad” mientras el estado se descompone es apostar por la fantasía. Y gobernar desde la fantasía solo acelera el desencanto.
