
Durante años, Layda Sansores se presentó como una figura de “resistencia”, de lucha social, de manifestaciones y de protesta activa. Ella misma—como legisladora, como activista y como figura pública—alentó marchas, bloqueos y expresiones ciudadanas en contra de gobiernos anteriores. Incluso llegó a presumir que sabía “cómo presionar al sistema” mediante protestas. Hoy, sin embargo, su discurso se desplomó bajo el peso de su propio autoritarismo.
Cuando el caos del Ko´ox estalló, miles de campechanos hicieron exactamente lo que cualquier sociedad democrática hace frente a un gobierno que falla: protestar. El sistema de transporte impuesto por Layda colapsó rutas, multiplicó transbordos, dejó a adultos mayores caminando kilómetros, expuso a estudiantes bajo la lluvia y complicó el día a día de trabajadores. El descontento no surgió de manipulación política, como ella intenta sugerir; surgió del hartazgo real provocado por el fracaso absoluto del proyecto.
Pero en lugar de aceptar la responsabilidad, corregir los errores o escuchar a la gente, la gobernadora eligió el camino más hipócrita y represivo: amenazar con demandas y acciones legales a quienes bloquearon las calles para exigir un transporte digno. La mujer que antes celebraba protestas ahora criminaliza a quienes protestan contra ella.
La contradicción es grotesca. Layda pasó años criticando gobiernos “represores”, y hoy actúa exactamente como aquellos a los que señalaba. Su doble moral quedó expuesta cuando denunció a ciudadanos que, cansados del abandono, solo pedían lo que cualquier gobierno responsable debería garantizar: movilidad, seguridad y dignidad.
El Ko´ox fracasó porque fue lanzado sin planeación, sin pruebas reales y sin infraestructura adecuada. Pero en vez de reconocer esa realidad, Layda prefiere convertir la inconformidad social en delito. El mensaje es claro y preocupante: protestar está bien… siempre y cuando no sea contra Layda Sansores.
Este episodio demuestra que la “transformación” es solo discurso. En la práctica, la gobernadora opera con la misma represión y la misma intolerancia que juró combatir. Y lo peor es que intenta hacerlo con un descaro insultante, como si los campechanos no recordaran su pasado de activismo.
La doble moral nunca había sido tan evidente:
Layda enseñaba a protestar…Hoy demanda a quienes protestan contra su incompetencia.
El pueblo no olvida, y menos cuando su voz es castigada por quienes deberían escucharla.