A seis años de haber llegado al poder con la promesa de limpiar la vida pública, Morena enfrenta múltiples señalamientos de corrupción, opacidad y uso discrecional de recursos, lo que ha erosionado la narrativa de “esperanza” que lo llevó al gobierno.
Morena llegó al poder prometiendo acabar con la corrupción y marcar un antes y un después en la vida pública del país. Sin embargo, con el paso del tiempo, esa promesa se ha desdibujado frente a una serie de escándalos que exhiben prácticas similares, e incluso más graves, a las que el propio partido decía combatir.
Casos de desvío de recursos, contratos opacos, tráfico de influencias y redes de complicidad política se han acumulado en distintos niveles de gobierno, sin que exista una rendición de cuentas clara. Lejos de investigar y sancionar, la respuesta recurrente ha sido minimizar los hechos, desacreditar a los denunciantes o escudarse en discursos políticos.
Especialistas advierten que esta normalización de la corrupción ha tenido un impacto directo en la confianza ciudadana y en el funcionamiento de las instituciones. Programas sociales, obras públicas y decisiones presupuestales han sido señalados por falta de transparencia, mientras el combate real a la corrupción quedó relegado al discurso.
Para amplios sectores de la población, la llamada “esperanza” se transformó en decepción. Morena no solo incumplió su promesa de erradicar las viejas prácticas, sino que permitió que la corrupción se adaptara y operara bajo nuevas siglas, afectando directamente a las y los mexicanos.
