Tras una gestión marcada por el tufo a corrupción y la inseguridad, el alcalde de Lerma renuncia al tricolor; intenta canjear su lealtad por impunidad tras dejar un municipio sumido en la inseguridad y la sospecha de corrupción.
No hay mayor bajeza en la política que morder la mano de quien te dio de comer durante décadas. Miguel Ramírez Ponce ha consumado la traición definitiva, no solo contra un instituto político, sino contra los miles de ciudadanos y militantes en Lerma que confiaron en él y lo sostuvieron para llegar, en dos ocasiones, a la presidencia municipal. Hoy, con el agua al cuello y el fin de su administración encima, Ramírez Ponce renuncia al PRI en un acto de cobardía pura; huye porque sabe que su nombre se ha vuelto sinónimo de corrupción y fracaso, y tiene pavor de enfrentar el juicio de la sociedad y de la propia estructura que hoy lo desconoce por su nula ética.
A Miguel Ramírez Ponce se le acabó el disfraz de “servidor público”. Durante su gestión, Lerma fue entregada a la desidia: la inseguridad se desbordó, las sospechas de desvíos de recursos son un secreto a voces y su policía municipal terminó convertida en una estructura señalada por proteger intereses oscuros. Ramírez Ponce sabe perfectamente que el PRI no iba a seguir sosteniendo un perfil tan desgastado y manchado; por eso, antes de que lo expulsaran por la puerta trasera o de que las auditorías lo alcancen, decide “brincar” a otros proyectos (como el Verde o Morena) buscando un tanque de oxígeno para su agonía política. Es el cinismo de un parásito del sistema que no conoce la lealtad, sólo la supervivencia.
Lo que resulta verdaderamente revulsivo es el desprecio con el que trata a la militancia que lo llevó al poder. Al renunciar, Miguel no solo deja sus siglas, deja colgados a quienes caminaron las calles por él, demostrando que para él la gente de Lerma fue solo un escalón para enriquecerse y alimentar su ego. Su huida es una confesión de culpa: tiene miedo de que el PRI, en un acto de dignidad, lo obligara a rendir cuentas por el desastre administrativo que deja. Prefiere buscar refugio donde el anonimato de un nuevo color le permita ocultar las mañas de un corrupto que se niega a vivir fuera del presupuesto.
Lerma no merece a un mercenario que canjea principios por impunidad. La salida de Ramírez Ponce no deja un hueco, deja un alivio, pero también una advertencia para los partidos que hoy, por miopía o complicidad, pretenden abrirle las puertas. Recibir a Miguel es recibir el lastre de un gobierno que le falló a su gente, es premiar a un traidor que hoy escupe sobre quienes lo hicieron alcalde. Que le quede claro: aunque se vista con otros colores para intentar “limpiarse”, el tufo de su gestión en Lerma lo perseguirá siempre. El pueblo ya despertó y no permitirá que este político de bolsillo siga lucrando con la confianza ciudadana.
La salida de Miguel Ramírez Ponce deja una imagen difícil de ocultar: la de un político que, al quedarse sin respaldo, opta por moverse donde le convenga. No es una renuncia, es un intento por sobrevivir en un sistema donde cambiar de partido parece más fácil que rendir cuentas al instituto político que le dio acceso a ser servidor público.