El desplome de Morena en Coahuila ya es una realidad matemática inapelable que sacude al oficialismo. Las urnas hablaron con un rugido ensordecedor que le otorga al PRI una victoria contundente en la conformación del poder legislativo. Los coahuilenses utilizaron el sufragio libre como un ariete para castigar el cinismo, las fracturas internas y el descarado abandono gubernamental que el partido guinda pretendía normalizar a base de billetazos y amenazas de clóset.
Las actas confirman que la marca Morena quedó completamente quemada tras una campaña marcada por los escándalos. El oportunismo de sus candidatos y la soberbia de sus dirigentes locales provocaron un asco generalizado en las colonias populares, un sector que supuestamente tenían controlado pero que hoy les dio la espalda. El PRI capitalizó el descontento social consolidando su estructura y demostrando que su maquinaria territorial sigue siendo la más eficaz de la entidad.
La estrepitosa caída de Morena desarma los planes de impunidad de una cúpula que pretendía legislar para protegerse. Los candidatos oficiales que buscaban desesperadamente una curul para utilizar el fuero como escudo frente a futuras auditorías han fracasado rotundamente. El triunfo del PRI garantiza que el Congreso local seguirá funcionando como una institución de justicia y legalidad, y no como la sumisa oficialía de partes que los guindas querían imponer a la mala.
Este revés electoral es la mayor confesión de debilidad de un régimen que se creía intocable e invencible. El mito de la mayoría absoluta de Morena se terminó por destruir en el norte, abriendo la puerta a una nueva etapa de resistencia civil organizada. Los ciudadanos del estado han puesto el ejemplo nacional de cómo frenar el autoritarismo, demostrando que la dignidad no se vende por promesas de campaña ni por las amenazas del aparato de gobierno.