Ver la mañanera se ha convertido en un ejercicio de alarmante cinismo. Recientemente, el gobierno federal exhibió un esquema detallado con nombres y fotos de periodistas, medios y ciudadanos críticos, catalogándolos como una “red de ataque”. La contradicción es brutal: en 2021, la propia Presidenta de México declaró textualmente que “quien hace listas” incurre en prácticas fascistas, nazis o macartistas. Hoy, desde la cima del poder, su discurso cambió para minimizar el hecho, alegando que no son listas negras, sino “simples ejemplos”. Esta pirueta retórica no oculta la realidad: el oficialismo se muere de miedo porque los ciudadanos no estamos ciegos ante su corrupción, y señalar con el dedo desde la televisión pública no es un acto irrelevante; es poner un blanco en la espalda de quienes disienten.
La historia nos ha enseñado, de la manera más cruel, que los regímenes autoritarios siempre empiezan así: señalando, registrando y clasificando a los “incómodos”. El miedo a que estas listas escalen a persecuciones físicas, detenciones o campos de reclusión como lo vimos en Venezuela con su “El Helicoide” el centro de tortura mas grande del mundo en pleno siglo XXI, no es paranoia; es memoria de cómo el control absoluto del pensamiento busca el exterminio de la crítica.
Resulta una contradicción histórica desgarradora que este acto repulsivo provenga de un entorno cuya propia sangre conoce ese horror. Investigaciones genealógicas confirman que los abuelos maternos de la presidenta morenista, originarios de Bulgaria, vivieron en carne propia la persecución nazi en un territorio alineado al Eje antes de lograr refugiarse.
Que la Presidenta de México bajo el régimen de Morena recurra a las mismas herramientas de etiquetado y señalamiento que históricamente precedieron a las peores tragedias de la humanidad y de su familia, es una señal de alerta máxima. No estamos ciegos, sabemos a dónde conducen las listas del poder y no nos vamos a callar
